lunes, 11 de febrero de 2013

Fragmento del libro "Rimando con el amor"

Cogemos la calle María del Mar. . . 
En su final empieza un sendero largo y retorcido, que a la vista se pierden trozos entre los recodos y el matorral. Lleva a varios sitios, pero donde yo quiero llegar hay un trocito y aprovechamos el camino para pasear. Andamos despacito cada paso, tanto, que parece que los estamos contando y escuchamos al silencio lo que nos quiera decir. Paramos un momento frente a frente, solo nos miramos, me vuelve el sabor del primer beso con la misma esencia, con el mismo sentir.
Ella dice que un día por aquí caminó, pero que de donde estamos ahora no pasó. Yo le dije: amor mío hoy te llevaré donde el silencio se hace música sin instrumentos, donde las palabras que te susurre se harán canción, que de mi alma se escurren envueltas en deseo.
Mira… ya hemos llegado, se terminó el paseo, ahora siéntate a mi lado a contemplar lo más bello y a escuchar la pureza del silencio.  Cierra tus ojos y préstame tus labios, quiero esconder en ellos un beso inventado, dulce y sosegado, sin ninguna prisa, que recorra tu boca y se vuelva caricia.
Ya en silencio y con el beso entregado, nos quedamos lado a lado esperando la calma, no el momento. Mi alma generó nuevos sentimientos influidos nada más por amor que quiero, aquí uno no piensa, se deja llevar. Cogí su mano y con la voz más suave, le dije: cariño, en forma de balada escucharás lo que siento, que con palabras explicarte intento, mientras este silencio se vuelve melodía. 

Cada segundo de cada día te pienso sin querer, porque amarte te amo más que ayer. Porque se vuelve locura el hambre de un beso y se hace eterno el momento, cada instante que no te tengo, donde mi alma estruja mis sentimientos que gota a gota colman mi pensamiento. Esto, cariño mío, es lo que siento, que no es poesía ni verso, es alegría, es amor que llevo dentro y que envuelvo con mi cuerpo, donde atrapo las ideas, los secretos, la ternura y los momentos, la pasión y los recuerdos… y podría seguir eterno relatando lo que guardo, cómo y en cada momento, la posición exacta de cada palabra que pienso, de cada letra, que por sí sola se ordena, cómo lo hacen las olas del mar con la arena. Y escoger no es difícil, todas ellas tienen el mismo fin, un te quiero y mi sentir. 

Sus ojos aún seguían cerrados, su boca pedía lo que pide un enamorado. Yo sólo la miraba, sin más palabras. Mandaba el silencio, y sin pensar en nada escuchaba lo que se oye sin oír, sin querer, sin buscar, como la belleza del verbo amar, que funde dos cuerpos en uno, que transforma el corazón y de cada dos latidos oye uno.
Aquél era un lugar simple, pero lleno de armonía, donde el campo se hace infinito, donde cada día el sol colorea distinto… amarillos claros, naranjas caramelo y marrón tierra que lo hace bello. La brisa de verano remueve perfumes, que lo bailan las flores casi por costumbre. Desde aquí, cariño, no vemos el final, es como nuestro amor que navega sin parar, que rueda y gira como si antes de llegar volviera a empezar, inventando nuevas rutas para amar. Hoy por aquí, mañana por allá, qué más da si es corto, largo, lento, con palabras o sin voz, con un gesto o con dos, a media luz o sin ella, o simplemente porque si, porque te quiero sin porqué y me sobran los motivos y no me faltan las razones.
Sus ojos se abrieron despacito como si viniera del paraíso y entonces me vio, y dijo: Te quiero… y el silencio se rompió con las ocho letras más hermosas. Yo se lo dije con el beso que me pedía su boca. Un beso que duró ni mucho ni poco, lo que quiso la pasión que durara, por mí hubiese estado hasta la madrugada.
Sentados un ratito más esperamos al atardecer, que no se hizo esperar y empezó pintando la tierra de naranja variado. Menguaba el día mientras la espera preciosa se hacía que sin fin la quisiera. Cariño, que bien estamos aquí, que suerte tenemos por ser como somos, por sentir como nuestro lo que vemos, que hasta sin mirar apreciamos lo que sin acariciar tocamos, con los sentidos en vilo y el alma rebosada de emociones, como caudal lleva el río. Una a una vienen y van, entran y se posan y se hacen recuerdos para no olvidar. Levántate mi amor, tenemos que marchar, el día casi terminó y nos queda un paseo que haremos con los resquicios de este sol.
Ya sin silencio, roto por el caminar de cuatro pies que pisan firme esta tierra, de la que nace el vino y las flores, la misma donde vives tú, la misma donde te amo yo. Nos decíamos palabras que parecían escogidas sin pensarlas, que nacían del alma con un cariño calcado, como dibujo de niño.
Al final del campo empezaba la calle María del Mar, iluminada por tres faroles tenues, como velitas de un altar. Paramos a firmar, con un beso singular, esta tarde de miércoles que tampoco queríamos olvidar, poniendo límite al trocito que nos quedaba por andar.
Ya en la puerta de su casa y con menos luz, un abrazo nos despidió en el que solo cabías tú. De ti escuché…”me gustó mucho este atardecer contigo”. Porque contigo se hace placer hasta quererte sin querer, y busco besos tuyos que tengo en mi haber, cualquiera me sirve, el de hoy o el de ayer. Esperé hasta contar sus pasos mientras se cerraba la puerta y por si acaso, miré su ventana, para contemplar la silueta de su cuerpo dibujada.
Tomé el camino a casa. Es la luna la que ilumina por completo tanto mis pasos como mi secreto, que se hace tesoro en el bien de mi ser y flota ahí dentro donde lo quiero tener, este pensamiento que era ilusión hoy forma parte de cada momento, donde nace lo que siento, donde moriría contento. 
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Fragmento del libro "Rimando con el amor" de Lorenzo López -  http://lorenlome.bubok.es/